
En carta desde Estados Unidos cuenta que en Punta Arenas sí se torturó
Testimonio de un ex estudiante de la UTE

Este inmueble, situado en
Colón, ha sido identificado como
un centro de tortura por quienes han
entregado su testimonio en los últimos días.
Desde Estados Unidos fue enviado el siguiente testimonio de un ex
alumno de la Universidad Técnica del Estado.
Señor Director:
A fines de
diciembre del año recién pasado, el General en Retiro Manuel Torres de la Cruz
hace algunas declaraciones asombrosamente falsas. Digo asombrosamente, porque
existen testimonios que prueban fehacientemente dicha falsedad. En síntesis el
General plantea que durante su designación como jefe provincial inmediatamente
después del Golpe Militar de Septiembre 11, 1973, en Punta Arenas no se torturó
a los prisioneros políticos. En parte de sus declaraciones a La Prensa Austral
el General dice: El General reconoce que estuvo a cargo de la Provincia
hasta febrero de 1974.
El General se vanagloria de su
“apoliticismo”, pero se puso del lado de la derecha, subvirtió la propia
Constitución política del capitalismo, y reprimió a los socialistas para
preservar los privilegios de los patrones.
Es cierto lo que dice el General
referente a los centros de detención que indica y las ramas responsables de
ellos. No menciona el Regimiento Blindado, a cargo del Ejército, ni el Estadio
Fiscal, a cargo de la FACH. Lo que tampoco dice el General es que existieron
centros de interrogatorios, en los cuales se torturaba sistemáticamente a los
prisioneros. Tampoco dice que en los mismos centros de “detención” se abusaba
también a hombres y mujeres con todo tipo de castigos físicos y psicológicos.
En los centros de tortura se “ablandaba” a los prisioneros para luego
sacarles confesiones que serían usadas por los fiscales militares para proceder
a los juicios de guerra. El “ablandamiento” era tortura. Los fiscales militares
lo sabían muy bien, y en consecuencia fueron también cómplices de esta tortura.
Incluso muchas veces nos amenazaban con volver a enviarnos a los torturadores si
no confesábamos lo que ellos querían.
A mí me arrestaron el día 5 de octubre
de 1973 y la tortura comenzó en el instante mismo del arresto. Allí mismo,
frente a la modesta casa que arrendamos en el Barrio Sur me vendaron y amarraron
para golpearme y amenazarme en frente a los gemidos de terror de mi madre de
fusilarme en el acto. El simulacro de fusilamiento terminó en las risotadas de
burla de los fusileros. Me llevaron entonces a un local habilitado para torturar
en la Avenida Colón, un hospital abandonado, donde como era tratamiento habitual
para todos los prisioneros fui despojado de mis ropas y sometido a golpizas con
patadas, palos, puños y culatazos, mientras permanecía amarrado y con los ojos
vendados. Los gritos de terror de hombres y mujeres se escuchaban por todos
lados, mientras los valientes soldados de la patria se ensañaban contra un
enemigo desarmado.
Luego de varias horas de golpiza, fui sumergido en un pozo de
excrementos humanos, donde la fetidez y los líquidos nauseabundos me asfixiaban.
Luego, fui sacado de allí para ser metido en un baño donde me manguerearon con
agua fría para limpiarme un poco de los excrementos y continuar torturándome.
Cuando ya los
torturadores pensaban que habían culminado el “tratamiento” fui vestido, tirado
siempre amarrado y vendado en un camión del Ejército y transportado al centro de
detención del que habla el General, el Regimiento Pudeto. Al llegar allí me
encontré con que ya habían cientos de presos, muchos compañeros a los que
reconocí, que ya habían pasado por similar tratamiento. Estas sesiones de tortura se
repitieron hasta que se estableció una causa de acusación en Enero de 1974. El
fiscal a cargo de mi caso era un oficial de la Marina, Walter Radic. Al final
fui condenado a 5 años y un dia y en Febrero de 1974 nos mandaron a los primeros
“rematados” de Magallanes a la Isla Dawson. Mi número era “remo 14”.
Y todo
esto, General Torres de la Cruz, sucedió bajo su comando en Punta Arenas, entre
Septiembre de 1973 y Febrero de 1974. Claro que los abusos y las torturas
siguieron bajo la comandancia del General Lutz posteriormente.
Al abuso
criminal del pasado, se suma la mentira del presente de querer decir que nuestro
sufrimiento nunca sucedió, que nunca pasamos por la tortura a la que fuimos
sometidos, que en Punta Arenas no se torturó como en el resto del país. En esa
medida el General sigue hoy torturándonos psicológicamente.
Debería también
saber el General que cada vez que tenemos que hablar sobre estas dolorosas
vejaciones pasadas, las heridas vuelven a renacer. Pero, se hace necesario
hablar para no permitir esta nueva injusticia.
La tortura es un crimen
contra la humanidad. Los responsables de la tortura deben ser castigados por su
crimen. En Chile solamente se están escuchando casos legales en contra de los
asesinatos cometidos durante la dictadura de Pinochet y de los capitalistas que
se beneficiaron con la dictadura. Sin embargo, el país debe reflexionar también
sobre la victimización de los miles y miles de torturados, hombres y mujeres,
los cuales también tenemos derecho a exigir justicia.
En alguna medida, es
bueno que el General tenga la osadía de hablar sobre su pasado, porque en medio
de sus propias palabras se puede ir configurando su responsabilidad histórica en
la represión que se desató a partir del golpe militar, e incluso -como él lo
reconoce- en el caso del asesinato de un obrero de Lanera Austral durante un
allanamiento represivo de la FACH bajo su administración como Intendente de
Magallanes antes del golpe.
Ojalá que el pueblo de Magallanes, de Chile y
del mundo no crea las declaraciones del General Manuel Torres de la Cruz de que
no hubieron torturados en Punta Arenas. Mi caso y el de tantos compañeros y
compañeras hablan por sí mismos.
Sergio Reyes
Cambridge, Massachusetts,
EE.UU.
Nuevas
reacciones ha seguido recibiendo nuestro diario a raíz de la entrevista que
concedió el general (R) Manuel Torres de la Cruz quien se desempeñó como
intendente del gobierno de la Unidad Popular y, luego, del gobierno
militar.
“Aquí se hicieron todas los consejos de guerra como Dios
manda, se hicieron todos los procedimientos en forma completa y nadie puede
venir a decirme a mí, por lo menos hasta que yo entregué el mando de la zona y
de la provincia, que aquí se cometió algún desmán y que hubo alguna
tortura”.
“... Con profundo estudio, profunda calma, con gran detenimiento y
con gran acuciosidad, se estableció qué personas era necesario detener el día
que se produjera el pronunciamiento, para evitar que cometieran desmanes. Y toda
esa gente, a partir del 11 de septiembre, fue detenida y confinada en centros de
detención, que no eran de tortura, en bahía Catalina por parte de los aviadores,
en río de los Ciervos por parte de los marinos y en el Regimiento Pudeto, por
parte del Ejército”.
Fue precisamente en ese período donde se llevaron a
cabo la mayor cantidad de detenciones. Hacia septiembre de 1973 yo era un
estudiante de la Universidad Técnica del Estado. Mi nombre apareció en las
listas de esas personas “que era necesario detener para evitar que cometiera
desmanes.” Tenía entonces 19 años, era comunista (ideológicamente hablando
aunque no miembro del PCCh.), y pensaba (y sigo pensando aún) que era necesario
cambiar nuestra sociedad para que no exista más pobreza y explotación de los
trabajadores chilenos y del mundo.
Bajo el agua fría me siguieron golpeando con palos, para eventualmente
sacarme de allí y meterme a la “parrilla”. La “parrilla” era un catre de metal
donde fui tendido y amarrado. Luego hicieron un circuito con cables que partían
desde los dedos de los pies, las rodillas, el esfínter, los testículos, el pene,
el estómago, las tetillas, los dedos de las manos, el cuello, los labios, la
nariz, los ojos, para terminar en las sienes. Luego, el torturador al mando
ordenaba las descargas eléctricas que provenían de un dínamo manual. Todo mi
cuerpo se convulsionaba de dolor y emitía alaridos desgarradores, a los cuales
los torturadores contestaban con gritos, insultos y risotadas.
Debo decir que tal
vez debo dar gracias que a mí solamente me dieron un tratamiento de tortura
“suave”, porque con otros compañeros practicaron aun torturas más horripilantes.
También hay que decir que parte del tratamiento general de las compañeras estaba
la violación, vejación y abuso sexual.