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Sergio Reyes -- La Niñez |
1954-1955. Mi hermano Rodrigo siempre se levantó erguido con cuatro años más de edad, y con una cierta nostalgia que nunca entendí. Nuestra infancia empezó tranquila, me parece, en un barrio pobre de Punta Arenas, al sur del sur de Chile. El nombre de ese barrio es --porque aún persiste-- Rio de los Ciervos. Nunca vimos ciervo alguno. A lo máximo veíamos las vacas y los caballos de la Estación Experimental del Ministerio de Agricultura. Allí nací a la vida, en los brazos de mi madre, Lucila, y al alero de un padre de fiera ternura proletaria, Eduardo.
1956. De niño entendí la importancia de caminar. Entonces no sabía que se hacia camino al andar. Pero de a poco fuí entendiendo que no todos los caminos existen. De pronto encontraba en el verano magallánico el paraíso del arbusto de zarzamora, los vegetales que mi madre cultivaba, los ruibarbos altaneros, las entonces enormes melgas de papas, que más bien parecían montañas... y todo un mundo por descubrir. La seriedad de la vida y sus misterios se perfilaban ya en mis ojos y en mi expresión.
1958. Mi prima Graciela siempre me pareció una belleza cargada de sonrisas y de risas cristalinas. Graciela y Rodrigo, de una edad similar, fueron los líderes de mi niñez. No los pude alcanzar nunca, a pesar de todos mis esfuerzos.
En el fondo se divisan las tablas de la casa que nuestro padre levantó a punta de inteligencia carpintera y de músculo incansable. Allí fuimos felices, con inocencia de niños rurales. Los pantalones cortos denotan el "calor" del verano magallánico, y nuestras sonrisas la alegría de no saber aún los males del mundo.
1959. Fuimos creciendo a la vida con ganas de aprender. Mi primer año de escuela primaria marcó una importante entrada en el mundo del conocimiento. No podré olvidarme del silabario "El Ojo" y la felicidad de aprender a "descifrar signos, sin ser sabio competente". Entre círculos y palotes fuí aprendiendo las letras. Mi hermano ya era un letrado. Envidiaba su capacidad de leer y de escribir y me esforzaba siempre por crecer rápido para estar a su altura. Al fondo se ve el cerro privado de la casona de veraneo de la familia latifundista Menendez-Behetty.